Tonio L. Alarcón: «La crítica debe abrirse y dejar de despreciar los gustos del público»

Tonio L. Alarcón: «La crítica debe abrirse y dejar de despreciar los gustos del público»

Tonio L. Alarcón (Barcelona, 1976) lleva casi quince años dedicado a la crítica de cine de manera profesional. Es el autor de los libros ‘Superhéroes. Del cómic al cine’ (Calamar, 2011) y ‘Al caer la noche: Terror catódico americano 1970-1981 (Applehead, 2017), además de haber participado en obras colectivas sobre John Carpenter, Adam Sandler, Guillermo del Toro o Akira Kurosawa. Actualmente coordina la redacción de la revista ‘Imágenes de Actualidad’ y forma parte del consejo de redacción de ‘Dirigido por’. Fue en esta última donde el pasado mes de enero publicó el artículo ‘Ni poltronas, ni pijamas’, con el que hizo una autocrítica sobre el estado de la crítica de cine en España (valga la redundancia). Hablamos con él de las motivaciones que había detrás de ese artículo, del oficio del crítico y de su nuevo proyecto de Escuela de Cine Online. Nos encontramos en The Cine, tienda de obligada visita para cualquier cinéfilo de Barcelona, donde Alarcón imparte seminarios.

¿Qué te llevó a escribir el artículo ‘Ni poltronas, ni pijamas’ en ‘Dirigido por’?

Hacía mucho que le daba vueltas. No sólo yo; cuando nos juntamos los críticos de la revista, hablamos mucho de la situación de la profesión. Y una de las cosas que nos choca o nos desagrada es que, cuando se hacen mesas redondas o debates alrededor de la crítica, siempre son muy poco constructivos. Normalmente sirven para quejarse de la situación, echarle la culpa a los lectores, decir que nosotros somos muy buenos y que no nos entienden… Se tiran balones fuera y no se profundiza en la situación real.

Hay un poco de victimismo, por así decirlo.

Victimismo, y que mucha gente está en situaciones profesionales bastante envidiables y no ven cuál es la situación global o no saben conectar con el público. Cuando nos cuestionamos por qué no conectamos con el público joven, en general se dice que «los jóvenes no leen» o que «no tienen interés». Y no hay un cuestionamiento equivalente hacia nosotros mismos; no pensamos si estamos haciendo algo mal.

En el artículo dices que hay una necesidad de la crítica de «marcar terreno» o de establecer «autoridad». ¿Podría deberse al miedo a perder protagonismo?

Es que la importancia que puedes tener como crítico es muy efímera. En cuanto dejas de escribir en medios con un poco de potencia, como un ‘Dirigido’ o un ‘Caimán’, dejas de tener visibilidad y enseguida quedas en un segundo plano. Y muy poca gente se gana la vida con esto; la mayoría lo hacemos porque nos gusta.

Es decir, que hay un sentimiento conservador. Algo tan prosaico como no querer perder el trabajo.

Sí, y sobre todo hacerte ver, y que te tengan en cuenta. Hay un poco de miedo, y en el fondo es inseguridad a que la gente te olvide. En el artículo también digo que nos gusta ser gatekeepers, y cuando ya te has convertido en una persona que marca tendencia —aunque creo que los críticos no somos tan importantes como para eso—, perderlo cuesta mucho. Pasa como con los influencers: cuando estás en esa rueda, cuesta salir de ahí y acabas perdiendo la perspectiva de todo.

Y más allá de cuestiones profesionales, ¿no hay también una parte de egoísmo?

Evidentemente. Es una profesión muy ligada al ego. Y el ego no tiene porqué ser malo: también es aprender a valorarte a ti mismo y a saber de lo que eres capaz. Pero cuando el ego se te desboca, como pasa demasiadas veces en esta profesión, te crees mejor que los demás y quieres hacerte ver siempre. Ya digo, no es tanto un problema de ego como que el ego se te desboca por una inseguridad. Muchos críticos somos gente tímida, que en la niñez y la adolescencia nos hemos refugiado en las películas, y es una forma de compensar determinadas limitaciones a nivel relacional. Y como la crítica te ayuda a ser valorado y apreciado, mucha gente tiene la necesidad de que le tengan en cuenta, de que le nombren, de estar presente… Es un poco peligroso.

En el artículo dices que observas «trazas del intelectualismo afrancesado de los años setenta» en la crítica española. ¿A qué te refieres?

Me refiero sobre todo a esa postura del crítico como una especie de Dios, que habla desde las alturas y que valora las películas desde un canon muy sólido. Y menciono la crítica francesa de los setenta porque la actual —incluso si lees ‘Cahiers’— ya no es tan dogmática, y en el tratamiento del cine de género no tiene nada que ver con la española. Sólo tienes que ver los ciclos que hace la Filmoteca Francesa. Sin embargo, aquí se ve el cine de género como algo que no es digno. Se mantiene una distancia con el cine popular: «Este cine es una mierda», «el cine interesante es el que te hace pensar»… Es una idea de la cinefilia como cosa sufriente: el cine que te tiene que gustar es el que cuesta ver, el que dura cuatro horas, el que es súper lento… A veces yo tengo la sensación de que ese tipo de cine tampoco es tan profundo como se vende, y a lo mejor ni lo pretende. Siempre pongo el ejemplo de Apichatpong Weerasethakul, que es un señor que hace un cine muy sencillo, sin pretensiones, pero se habla de él con una trascendencia que parece que vayas a ver una obra metafísica súper densa.

¿Y cómo se puede salir de esa corriente o estereotipo?

Hay que abrirse y dejar de despreciar los gustos del público. Por ejemplo, ‘50 sombras de Grey’ no es una gran película, ni sus secuelas, pero detrás hay un fenómeno que sería interesante analizar. En ‘Dirigido’ suelo proponer que se traten directores contemporáneos. Cuando hicimos el dossier de Michael Bay fue una especie de hecatombe, igual que cuando hicimos el de Paul W. S. Anderson a propuesta de Diego Salgado y Roberto Alcover. Son directores en activo y te podrán gustar más o menos, pero están marcando la industria. Y cuando intentas analizarlos desde un prisma serio, la gente no lo aprecia o no lo acoge bien porque estamos muy acostumbrados a esa cinefilia rancia.

¿Y no crees que ese desdén con el que mira la crítica convencional tiene parte de razón? ¿No es verdad que el público no valora los clásicos, que no está interesada en la historia del cine, o que hay un ansia por el protagonismo en las redes sociales que está terminando con el espíritu reflexivo de la crítica?

Son cosas diferentes. Es verdad que la gente ve las películas con menos atención. En los años setenta, las filmotecas y los cines de arte y ensayo se llenaban. Había una inquietud intelectual que no hay hoy en día; quizá porque con el régimen de Franco era más difícil acceder a estas cosas. Eso se ha perdido, pero la solución no es ponerte por encima del público. Es la pescadilla que se muerde la cola: en el momento en que como crítico no sabes vender el cine clásico a la gente, es imposible que la gente se interese por el cine clásico o por lo que tú escribes. Es una cuestión que me han planteado a raíz del artículo: «¿Qué pasa, que entonces hay que rebajar el listón?» No, no se trata de rebajar el listón. Pero no tienes que conformarte con el público que tienes, sino mirar al futuro. En ‘Dirigido’ se nos muere el público que empezó a comprar la revista en los setenta, y hay que renovarlo. Tienes que fijarte en lo que le interesa a la nueva cinefilia. Si pierdes el pulso del público, estás perdido. Y creo que es lo que nos está pasando a la crítica en general. Tendríamos que hacer el esfuerzo de educar al público hablando desde su punto de vista.

Días después de publicar este artículo, escribiste un tuit —un gif de un grillo— en el que lamentabas la poca repercusión o el poco debate que habías generado. ¿Crees que ha sido porque no te han leído o porque los críticos no quieren entrar en este debate?

Es que hemos acabado siendo compartimentos estancos. A la gente de determinadas revistas no le interesa lo que yo pueda decir, o no se lo lee. Es probable que me hayan estado poniendo verde entre ellos. Yo quería iniciar un debate, plantear una serie de temas sobre los que se fuera girando; pero no se ha producido para nada. De hecho, ese es el problema por el que yo quise hacer el artículo. Pero como no interesa abrir el debate, pues no se ha hecho ningún caso al texto y ya está.

Tonio L. Alarcón, crítico de cine

Dejando a un lado el artículo: ¿cómo definirías la función de un crítico de cine?

Mi propia idea de la crítica de cine ha evolucionado con el tiempo. Pero lo primero es que una crítica debería servir de apoyo al espectador a la hora de ver una película. Su función no es decirle si una película es buena o no para ir a verla, sino que debería servir de reflexión a posteriori. Otra cosa es un comentario, las estrellitas… eso es otro tipo de visión sobre el cine. Yo creo que la crítica debería ser un bastón para el lector interesado en el cine que acaba de ver una película y quiere una visión diferente, más rica, y tú se la ofreces desde tu perspectiva personal. Para eso es fundamental ser consciente de quién eres tú como crítico de cine, quién eres tú como persona y qué puedes aportar. De hecho, cada crítica debe ser un autoanálisis constante y se te tiene que reconocer cuando escribes: no sólo por tu forma de escribir, sino por tus ideas. Uno siempre empieza imitando a otros, hasta que desarrolla ideas propias. Pero al final se te tiene que reconocer. A mí los críticos que cogen ideas de otros lados o que se nota que no son sinceros, no me interesan. La crítica tiene que ser un ejercicio de sinceridad máxima. Si una película te ha gustado o no, tienes que explicar por qué, ya que a lo mejor es algo personal. Y a partir de ahí, lo que menos me interesa es lo que no funciona; prefiero hablar de lo que funciona, de lo que aporta a nivel industrial o dentro del género. Hay miles de enfoques.

Creo que François Truffaut, que había sido crítico antes que director, dijo una vez que con el tiempo se había dado cuenta de que sólo tenía sentido hacer críticas de películas que le hubieran gustado. ¿Estás de acuerdo?

Lo entiendo. Yo al principio era muy cañero; cuando una película no me gustaba, me la cargaba muy a saco. Era muy visceral. Con el tiempo te das cuenta de que acaba siendo lo menos interesante, porque cargarte una película por cargártela no te aporta nada. Cuando una película te estimula, lo notas enseguida, porque te vienen ideas, tienes ganas de sentarte a escribir… Pero cuando una película te cuesta, no. Es verdad que de películas malas también se puede sacar partido, pero se disfruta muchísimo más escribiendo de películas que te han gustado o de las que has visto algo que te ha parecido interesante.

¿Qué virtudes debería tener un crítico de cine?

Lo primero: escribir bien. Debería leer mucho, que es algo que hoy en día no es nada habitual. Leer a otros críticos o leer crítica extranjera es muy importante porque te ayuda a configurar tu estilo. Luego habría que tener una cultura cinematográfica lo más amplia posible, y no sólo de películas contemporáneas. Generaciones como la mía o las anteriores partimos con ventaja porque en la televisión pública se hacían muchísimos ciclos: de Hitchcock, de Ford… Hoy en día es prácticamente imposible. No hay un interés real por ellos. Y además, hay que ser muy autocrítico y muy sincero. Yo creo que es algo que le falta a la gente que no acaban de ser todo lo buenos que deberían ser. Hay falta de sinceridad, hay un querer figurar. Les importa más llamar la atención que aportar algo interesante, y les falta criterio. Para eso también hay que leer a autores clásicos, a los que se fijaban en la puesta en escena, que es lo que más cuesta. Demasiadas veces se tiende a hablar del argumento o de cómo están los actores, y no tanto de por qué el director ha escogido determinados planos, de cuál es su mirada. Eso es lo más difícil porque es una tarea de ver, y ver, y ver, y ver. Pero es imprescindible. Si no te fijas en eso, apaga y vámonos.

¿La crítica de cine debe estudiarse o puede uno ser autodidacta?

Yo he dado cursos en escuelas, pero no estoy seguro de hasta qué punto se puede enseñar crítica. Puedes orientar a la gente, guiarlos a la hora de ver las películas, aprender a distinguir la mirada del director, a apreciar géneros determinados… Mucha gente va a esas escuelas porque lo que les gusta es el cine de autor duro, y cuando les pones cine de género se pierden. De hecho, hay críticos a los que les pasa: cuando tienen que abordar el cine de Hollywood más convencional, no tienen herramientas y se pierden.

Es decir, que hay dos extremos: gente que no entiende una película de Tarkovski y gente que no entiende una película de Adam Sandler. Se sienten incómodos.

Sí, exacto. Simplemente, no tienen las herramientas adecuadas para ello. La persona que sólo analiza blockbusters se muere si le pones una película de Tarkovski, y a la gente que sólo ve determinado tipo de cine le pones una película de Adam Sandler y no le va a ver ningún interés porque ni conoce la carrera de Adam Sandler, ni te puede hablar de la estructura de los gags. Cuando hablan de comedia siempre se refieren a la comedia clásica, la que hacía Howard Hawks, etcétera. Pero la evolución de cómo se dirigen los humoristas al público, de cómo funcionan los gags, se valora muy poco. Hay críticos de mi generación que han empezado a analizar eso un poco más, pero cuesta. Son dos extremos que no se tocan.

¿Y qué papel juegan las famosas estrellitas o puntuaciones en una crítica? ¿Eres de los que dice que sólo puntúa por imperativo editorial?

Lo de las estrellas me parece una chorrada. Entiendo que es un juego al que el lector le gusta entrar: ver en la columnita cuántas estrellas le ha puesto tal crítico, qué le gusta más, qué le gusta menos… Pero lo que me interesa de una crítica es la reflexión sobre el cine. A lo mejor hay películas que no me han parecido una maravilla, pero a las que les encuentro cosas. Poner una puntuación me parece minimizar su interés real. Ponerle dos estrellas a una película que me ha gustado pese a sus defectos, es reducir el interés del cine. El cine va más allá de estrellitas o de pulgares arriba y abajo. Pero entra dentro del juego al que a veces hay que prestarse para captar la atención del público.

Tonio L. Alarcón, crítico de cine

¿Cómo definirías tu estilo como crítico de cine? ¿En qué te fijas más, qué detalles te conquistan?

No lo sé. A estas alturas es algo muy natural. Incluso cuando veo películas por gusto, te fijas en los movimientos de cámara. Y cuando llevas tanto tiempo viendo películas, analizándolas, el ojo se te va hacia eso. Lo que capta mi atención son los directores que narran con imágenes. Un ejemplo reciente de lo contrario es ‘Lady Bird’, de Greta Gerwig. Se ha hablado muy bien de ella, pero no narra a partir de imágenes, sino a través de los diálogos o de las interacciones entre los actores. No tiene imágenes ya no digamos memorables, sino que transmitan algo. Los directores que transmiten con un movimiento de cámara o con un cambio de plano son los que me pirran.

¿Por ejemplo?

Los directores evidentes y clásicos son Ford y Hitchcock. Eran directores que venían del mudo y estaban acostumbrados a narrar exclusivamente con imágenes. No tenían tanta necesidad de expresar las cosas con los diálogos. Siempre pongo el ejemplo de ‘El hombre que sabía demasiado’, la versión de 1956: toda la parte en el Royal Albert Hall es muda, los personajes no hablan. No necesitas diálogos. Así que cuando un director moderno es capaz de narrar cosas con imágenes, a mí ya me gana.

Entonces un director como David O. Russell te pondrá muy nervioso.

No, de hecho el cine de David O. Russell me gusta. Tiene un estilo propio, pero narra a través de las imágenes. Encuentro un equilibrio. Los que no me interesan son los malos imitadores de Woody Allen, que básicamente ponen a gente hablando sin parar y no aportan nada a nivel de imagen. El ejemplo perfecto es Kevin Smith, un señor que escribe diálogos muy bien, pero que a nivel de puesta en escena es un patata. No narra nada a través de la imagen, sólo planta la cámara para que los personajes hablen. A mí eso no me interesa.

¿Alguna vez te han censurado una crítica o te han pedido que cambies tu opinión sobre una película?

No, censurado no. Y muy pocas veces me han dicho que no les interesaba el enfoque.

Así que las presiones de las distribuidoras… ¿son una leyenda urbana?

Las distribuidoras quieren que hables bien de sus películas. Por eso te tratan bien e intentan tenerte contento. Que tú respondas a eso o no, depende de tu flexibilidad. Si tú eres profesional, te pueden tratar bien, te pueden enviar regalitos, pero la opinión es la que tienes. No creo que esté relacionada una cosa con la otra. ¿Que hay gente a la que sí le pasa? Evidentemente, porque a veces somos muy miserables con estos temas: te dan cualquier cosa y cambias tu opinión. Es verdad que, por deferencia a las empresas que ponen la publicidad, se busca a un crítico al que le haya gustado la película. Y si no le ha gustado, lo que se hace es no publicar la crítica. Pero hacer reseñas positivas porque sí, no aporta nada.

Para terminar, háblanos un poco de tu proyecto de Escuela de Cine Online, que estás empezando ahora. ¿Cómo surgió la idea?

La propuesta en realidad es de mi mujer. Ella tiene un proyecto sobre maternidad consciente y estaba mirando cómo impartir cursos online, hacer webinars… Ella está muy al tanto del marketing online y me dijo: «Con la cantidad de material que tienes preparado, podrías transmitir tus conocimientos y no lo estás haciendo». Me habló de las plataformas para hacer cursos online y me estuvo animando. Yo me resistí un poco porque estoy acostumbrado a interactuar con la gente, a escribir en la pizarra, a improvisar… Pero es verdad que dar cursos en universidades o centros cívicos es muy complicado porque es muy difícil meterte donde ya hay otra gente metida. Y como en España no hay críticos que hagan este tipo de cursos online, pensamos que era buena idea empezar, aunque fuera tirarse a la piscina, porque es un mercado súper virgen.

¿Y cómo funcionan los cursos?

La idea es hacer cursos temáticos, como los que hago en The Cine pero con un soporte audiovisual más fuerte: vídeos con montaje, con apoyo documental, fragmentos de libros, artículos y revistas que sirvan de apoyo al estudiante… Y, más adelante, si la cosa funciona, la idea es hacer un curso largo. Yo me resisto a hacer un curso de crítica de cine, pero es verdad que a la gente le llama la atención. Mi idea es hacer un curso para abrir la forma de ver cine, porque cuando hacía los cursos de crítica me encargaba sobre todo de estética cinematográfica: cómo mirar una película, cómo distinguir la iluminación, la fotografía, los movimientos de cámara, que la gente distinga entre si esto lo han rodado con un travelling, una grúa o una cámara al hombro… Son cosas importantes. Pero es algo más a largo plazo. El primer curso fue ‘Star Wars: La saga de los Skywalkers’ y el segundo será el de ‘Alfred Hitchcock y los mecanismos del suspense’. Lo bueno es que no dependes de un horario, ni tienes que hacerlo seguido. Puedes verlo cuando quieras, a tu aire. Va a ser un proceso de ir trabajando poco a poco, pero seguro que vamos consiguiendo más cosas.

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