‘Tenemos que hablar de Kevin’ (2011)

‘Tenemos que hablar de Kevin’ (2011)

La mayoría de niños malvados que han aparecido en el cine tienen dos posibles maneras de justificar sus crueles acciones. Una: que han recibido una educación pésima, donde la falta o el exceso de cariño han sido cruciales para forjar sus caracteres violentos. Y dos: que están poseídos por el demonio, lo que ahorra un montón de explicaciones a guionistas y directores. ‘Tenemos que hablar de Kevin’ explora una tercera vía no tan común: la de los niños que son malvados por naturaleza. Porque lo llevan en los genes, porque disfrutan con ello. Porque sí. Porque son malos, y punto. Y nos plantea una duda incómoda: ¿seríamos capaces de amar a un hijo que nos hace la vida imposible? ¿Se le puede querer simplemente porque lo hemos parido?

El debate está servido. Sobre todo porque Eve (Tilda Swinton) no quería tener un bebé. Ella era feliz viajando por todo el mundo, disfrutando de una libertad absoluta. Pero, una noche, su pareja (John C. Reilly) la dejó embarazada. Y entonces supo que debería renunciar a muchas cosas en beneficio de su hijo. Descartado el aborto –el papá está tan feliz de serlo que ni se atreve a proponérselo– Eve pare a Kevin y se esfuerza por quererlo. Acepta que debe sacrificarse por él, aun cuando éste le demuestra un odio considerable. Y así es como crece su sentimiento de culpa, reflejado en esa casa manchada de pintura roja –un color muy presente: en la tomatina de Buñol, en la sangre derramada– que ella va limpiando poco a poco. ¿Pudo transmitir al feto la idea de que no lo quería? Evidentemente, no. La culpa se la ha impuesto una sociedad que obliga a querer a los hijos bajo cualquier circunstancia. Si tu hijo es malo, algo habrás hecho para que haya salido así.

‘Tenemos que hablar de Kevin’ presenta un guión desestructurado que va cobrando sentido a medida que Eve va superando el miedo que le provocan los recuerdos de su hijo. Es una narración amarga, con algunas imágenes sórdidas, pero que no renuncia a soltar algunas gotas de humor negro para evitar caer en una excesiva solemnidad. Su directora, Lynne Ramsay, va atando los cabos con ritmo sostenido, recreándose en algunas ambigüedades que darán pie a polemizar sobre las actitudes de madre e hijo. Y sin olvidarnos del padre, que también nos genera dudas razonables: ¿tenemos que ponernos siempre de parte de nuestros hijos? ¿Qué derecho tienen a enfrentarnos con la persona a la que tanto habíamos querido hasta su maldita llegada?

Preguntas y más preguntas. Sobre la maternidad, sobre la vida perfecta, sobre la maldad genética (¿?). Me gustan las películas que me hacen reflexionar sobre cuestiones tan políticamente incorrectas como éstas. Películas que sólo proponen otro punto de vista, sin la voluntad de sentar cátedra. Y si encima lo hacen con la elegancia estética de Ramsay –que nunca cae en la obscenidad gratuita– y con interpretaciones tan duramente contenidas como la de Tilda Swinton –nominada al Globo de Oro– mejor todavía. Por eso creo que ‘Tenemos que hablar de Kevin’ es una película ideal para plantársela en los morros a todos esos cansinos que juzgan a los demás por los actos de sus hijos. Para quienes aseguran, llevándose la mano al corazón, que seguirán queriendo a sus vástagos hagan lo que hagan, más allá de la eternidad. Es un film redondo que cuenta con una escena final muy coherente aunque, a bote pronto, nos pueda resultar chocante. Y es una notable pesadilla para quienes ya de por sí dudan sobre si quieren ser papás o mamás en un futuro próximo. ¿Y si tenemos un Kevin?

CALIFICACIÓN
5 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘We need to talk about Kevin’. Dirección: Lynne Ramsay. Guión: Lynne Ramsay y Rory Kinnear, a partir de la novela de Lionel Schriver. Reparto: John C. Reilly, Tilda Swinton, Ezra Miller, Siobhan Fallon, Ashley Gerasimovich, Leslie Lyles, Lauren Fox, Aaron Blakely, Suzette Gunn, James Chen. Duración: 107 minutos. Países: Estados Unidos y Reino Unido.

Otras críticas

“Una historia dura y estremecedora que merece la pena, ya sólo sea por ver a Swinton dando lo mejor de sí misma” (‘La palomita mecánica’). (+)

“…emplea simbolismos exagerados, más propios de una película de terror que del drama equilibrado, realista, que a veces intenta ser…” (Rafa Martín, ‘Las horas perdidas’). (+)

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