‘¡Qué verde era mi valle!’ (1941)

‘¡Qué verde era mi valle!’ (1941)

Decía John Ford que la película de la que se sentía más orgulloso era ‘¡Qué verde era mi valle!’. Fue su tercer Oscar como director —aunque a él los premios le importaban un comino— y el rodaje, además de breve, fue una auténtica balsa de aceite. Es probable que, en su vejez, rememorando aquellos dos meses de 1941, sus sensaciones fueran parecidas a las del pequeño Huw Morgan cuando nos habla del paraíso perdido.

Ford se hizo con la dirección relevando a William Wyler, que no terminaba de encajar en el proyecto a ojos de Darryl F. Zanuck. La historia se basaba en una novela de Richard Llewellyn de cuya adaptación se encargó Philip Dunne, y narraba las vicisitudes de una familia de mineros galeses, los Morgan, que ven cómo el valle idílico en el que han crecido se marchita poco a poco por culpa de la codicia de los empresarios; pero también porque, a principios del siglo XX, los cambios sociales que se vivían en el Reino Unido impedían mantener un estilo de vida tan arcaico.

La maestría de Ford fue esencial para contar una historia claramente sensiblera. Como dijo Orson Welles, Ford sabía dotar de textura a las imágenes, y lo hacía con detalles a priori insignificantes pero que logran un doble propósito: dar vuelo a las escenas costumbristas y evitar que la película se ahogue en su propia nostalgia. Ejemplos de ello son la madre recogiendo la paga de sus hijos con el delantal, las manos de las mujeres que tocan el vestido de la novia mientras camina hacia el altar, o los golpecitos de Huw cuando se queda solo con su padre en una mesa que estaba repleta de gente. Pero también con un tabernario sentido del humor que aligera los momentos dramáticos y, sin embargo, los hace inolvidables.

‘¡Qué verde era mi valle!’ es un prodigio en cuanto a tiros de cámara, siendo capaz de narrar con un plano general o un certero contrapicado lo que otros no sabrían ni con decenas de páginas de guion: la añoranza, la soledad, la impotencia. Por otro lado, me atrevería a decir que Arthur C. Miller hizo aquí su mejor trabajo como director de fotografía, jugando con la luz y las sombras, y ennegreciendo la atmósfera a medida que el valle va perdiendo su condición de paraíso. Miller y Ford tuvieron a su disposición un decorado magnífico que recreó el entorno minero de Gales en plena California. La banda sonora de Alfred Newman, compuesta principalmente por arpas y violines, termina de envolver la historia en una agridulce nostalgia.

‘¡Qué verde era mi valle!’ (1941)

Los personajes, sencillos en apariencia, esconden una complejidad tremenda. No exagero al afirmar que el cabeza de la familia Morgan (Donald Crisp) podría rivalizar en este aspecto con el Ethan Edwards de ‘Centauros del desierto’. Es un hombre chapado a la antigua, religioso y conservador, que sin embargo sabe que no puede oponerse al progreso, a un mundo que se le viene encima y con el que no comparte valores. Por eso le duele tanto el empecinamiento de su hijo Huw (Roddy McDowall) por ser como él; porque, aunque se siente orgulloso de su tesón, sabe que su esfuerzo será inútil. A la redondez del personaje hay que sumarle la soberbia interpretación de un Donald Crisp que se llevaría el Oscar al mejor actor de reparto.

También son dignas de destacar las dos mujeres protagonistas: personajes de carácter fuerte, que no se dejan dominar en un contexto tan patriarcal. La madre (Sara Allgood) es una roca que no duda en enfrentarse a todo el pueblo cuando critican a su marido por oponerse a la huelga, y que en las relaciones familiares expresa cariño sin perder ese coraje de fábrica tan fordiano. La hija, Angharad (Maureen O’Hara), se revela contra un matrimonio impuesto y lucha por cambiar la opinión del amor de su vida: el pastor Gruffydd (Walter Pidgeon), que quizá sea el único actor que peca de relamido, probablemente porque se sabía la estrella de la película antes de rodarla.

Sí, ‘¡Qué verde era mi valle!’ apela al corazón, al mentiroso cuento de que cualquier tiempo pasado fue mejor; pero lo hace con cercanía, crítica social e imágenes poderosas: desde el velo nupcial que revolotea por encima de la novia, hasta ese bucólico campo de narcisos en el que Huw aprende, de nuevo, a caminar. Deja la palabrería a un lado, y eso marca la diferencia: no habla de sí misma directamente, sino a través de una familia. Por eso empatizamos con ella, y por eso conviene coger un pañuelo antes de verla: uno nunca sabe cuánto le puede emocionar un coro de mineros galeses hasta que se lo encuentra.

CALIFICACIÓN
5 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘How green was my valley’. Dirección: John Ford. Guion: Philip Dunne, basado en la novela de Richard Llewellyn. Reparto: Walter Pidgeon, Maureen O’Hara, Anna Lee, Donald Crisp, Roddy McDowall, John Loder, Sara Allgood, Barry Fitzgerald, Patric Knowles, Arthur Shields. Duración: 114 minutos. País: Estados Unidos.

Otras críticas

“Más allá de su vigor narrativo, Ford consiguió imprimirle un tono casi mortuorio” (‘Fotogramas’). (+)

“Un cine realizado con inusual mimo, donde cada encuadre está realizado con amor al cine y amor a la vida” (Salvador Sáinz, ‘Diario de Cine’). (+)

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