‘La semilla del diablo’ (1968)

‘La semilla del diablo’ (1968)

El escritor neoyorquino Ira Levin dijo una vez que la adaptación más fiel que el cine había hecho de sus novelas era ‘La semilla del diablo’, renegando de ‘Acosada’ o ‘Las mujeres perfectas’. Pero no sé si Levin sabía que Roman Polanski plasmó la novela tal cual porque pagó la novatada: era su primera película de financiación cien por cien estadounidense, y creía que no podía alterar el original. Quizá por eso Polanski centró sus energías en crear un clima de opresión; en jugar con la cámara, el sonido y las imágenes para sugerir el terror de una chica embarazada de Satán. Y me ahorro el aviso de spoilers porque el traductor español ya se lo saltó en su día al cepillarse el ambiguo título original: ‘Rosemary’s baby’. A estas alturas creo que lo hemos superado.

Terror sugerido: esa es la clave. Muy diferente habría sido ‘La semilla del diablo’ si la hubiera dirigido William Castle, que había adquirido los derechos de la novela. Castle tenía una larga trayectoria como director de películas de terror de serie B —‘House on Haunted Hill’ y ‘13 fantasmas’ eran las más conocidas— e intentó que Robert Evans, productor de la Paramount, le costeara su nuevo proyecto. Pero Evans se opuso por la escasa reputación de Castle y —esto lo digo yo— porque tenía miedo de que convirtiera la obra de Levin en una cutrez. Así que Evans convenció a Castle para que le diera las riendas al joven Polanski, de 33 años, que ya había rodado en Europa ‘El cuchillo en el agua’, ‘Repulsión’ y ‘El baile de los vampiros’.

‘La semilla del diablo’ encandiló a crítica y público; pero el estatus de obra de culto maldita se lo ganó un año después, cuando la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski —que para más inri iba a dar a luz en quince días— fue asesinada por una secta satánica que seguía los preceptos de Charles Manson. La noticia dio la vuelta al mundo y los medios más amarillistas no tardaron en establecer conexiones demoníacas entre el film de Polanski y la brutal muerte de su esposa; el propio William Castle alimentó esta teoría al decir que, tras el rodaje, el Diablo nunca dejó de perseguirlo. Pero basta de patrañas, que ya voy por el tercer párrafo de la crítica. Hablemos de la película. Hablemos de cine.

'La semilla del diablo' (1968)

Amor de madre

Con ‘La semilla del diablo’, Polanski sentó cátedra sobre cómo usar todos los elementos de la historia para un mismo objetivo: convertir la vida de la protagonista en un infierno. Primer punto: el escenario. La acción tiene lugar casi íntegramente en el Dakota, un edificio del siglo XIX con vistas a Central Park —a las puertas del cual John Lennon fue asesinado en 1980. Con sus pasillos desconchados y sus ruidos inquietantes, el Dakota es una cárcel para Rosemary, que apenas puede salir a la calle sin pedir permiso a sus carceleros: su marido —un actor fracasado que de repente tiene un golpe de fortuna (John Cassavetes)— y dos viejos grotescos (Ruth Gordon y Sidney Blackmer). Ellos y otros compinches ejercerán una manipulación psicológica sobre Rosemary similar a la de los maltratadores o acosadores, haciéndole creer que todo lo que le pasa es culpa de ella y sus manías.

La endeble figura de Mia Farrow, su voz quebrada, el peinado Vidal Sassoon y el maquillaje fúnebre moldearon la víctima perfecta de Polanski. Farrow, además, realizó un trabajo enorme, con un punto de exageración que encaja como un guante en la sucesión de primeros planos a los que la enfrenta el director. Por momentos, Rosemary parece atrapada en una novela de Kafka que hubiera sido adaptada al cine por Hitchcock. Rosemary sufre una degradación necesaria para que su docilidad sea creíble sin llegar al victimismo; para que la suspensión de la incredulidad siga funcionando en lugar de preguntarnos porqué no llama de una vez al doctor que se había encargado inicialmente de su embarazo… o incluso a la policía (si no sucede en la vida real, ¿por qué debería ocurrir en la ficción? Pregunto).

La ambigüedad buscada por Polanski y destrozada por el título español se apuntala con unas secuencias de pesadilla en las que se sugiere el trance por el que está pasando Rosemary, pero sin desvelar hasta el final que ella estaba en lo cierto: que había sido víctima de un complot para engendrar al hijo de Satán. La tensión se corta con un cuchillo —de cocina— en la escena final, donde a pesar de no ver al recién nacido sí podemos intuir su aspecto por el estupefacto rostro de la madre. Y qué momentazo ese en el que Rosemary, aceptando su destino y su deber como progenitora, mira embelesada a la criatura que gestó durante nueve dolorosos meses. Eso es amor de madre. Y ‘La semilla del diablo’, una demostración palpable de que las grandes películas son capaces de resistir el más revelador de los spoilers.

CALIFICACIÓN
5 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘Rosemary’s baby’. Dirección y guion: Roman Polanski, basado en la novela de Ira Levin. Reparto: Mia Farrow, John Cassavetes, Ruth Gordon, Sidney Blackmer, Maurice Evans, Ralph Bellamy, Victoria Vetri, Patsy Kelly, Charles Grodin. Duración: 137 minutos. País: Estados Unidos.

Otras críticas

«En los interiores Polanski se muestra sereno y contenido, mientras que en el exterior y en los sueños, el barroquismo y la intensidad hacen su aparición» (Adrián Massanet, ‘Blog de Cine’). (+)

«Combina coherentemente cierto sentido de la ingenuidad con la más pura perversión» (‘Fotogramas’). (+)

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