‘La noche del cazador’ (1955)

‘La noche del cazador’ (1955)

Los que me conocéis ya sabéis que mi película favorita es ‘La noche del cazador’ (1955), de Charles Laughton. Lo digo con esta rotundidad porque es el título que me viene a la cabeza cuando alguien me lanza la pregunta o cuando intento hacer uno de esos inútiles rankings con los que nos entretenemos los cinéfilos. Puedo olvidarme de citar ‘El padrino’, ‘Parque Jurásico’ o ‘Gran Torino’, pero nunca de ‘La noche del cazador’. Y mi afirmación se basa en ello así como en las veces que la he visto: unas veinte, sumando DVD, reposiciones de TCM, una proyección en el Cineclub Imatges de Santa Coloma de Gramenet que tuve el gusto de presentar y la edición Blu-ray que adquirí el mes pasado, que incluye tres horas de extras, entrevistas y suculentas imágenes del rodaje. Y todavía no me aburre.

¿Por qué me atrae tanto esta película? He pensado mucho en ello desde la primera vez que la vi. Fue hace doce años, una noche de verano en la que estaba tumbado en el sofá con el balcón abierto y un bochorno del copón. Supongo que el ambiente era parecido al que sentían los pobres John y Pearl (Billy Chapin y Sally Jane Bruce) mientras intentaban escapar de las garras del predicador Harry Powell (Robert Mitchum). Supongo que me sentí como ellos, atrapado en la noche gótica del sur de los Estados Unidos, subyugado por la impresionante puesta en escena de Charles Laughton y su director de fotografía, Stanley Cortez. Supongo que me hipnotizaron los tétricos salmos del jinete recortado en el horizonte, del monstruo acechante bajo el fanal, de la pobre Shelley Winters muerta en el fondo del lago.

Laughton cogió la novela original de David Grubb y, con la inestimable ayuda de James Agee, la transformó en un cuento de terror infantil en el que hay buenos y malos. Es una realidad deformada por la visión de los dos críos. Los personajes son planos porque cuando somos niños nos parece que el mundo sólo puede ser de una forma u otra, y si vemos la película en esa clave es imposible que se nos caiga. Sin embargo, en el personaje de John también apreciamos la pérdida de la inocencia, al tener que asumir una responsabilidad prematura por los asesinatos de sus padres y la ineptitud de los otros adultos.

El bien y el mal

La interpretación de Robert Mitchum es de un expresionismo consciente: exagera la voz, la mirada y los gestos para asemejarse a aquellos monstruos de la Universal que hoy nos parecen entrañables. No hay más que oírle gritar la palabra «¡niños!» mientras baja hacia el sótano de la casa, o ver cómo extiende los brazos subiendo las escaleras, o cómo camina a trompicones por la ribera del pantano, a punto de alcanzar la barquita. Es casi con toda seguridad la mejor interpretación de la carrera de Mitchum, un actor descomunal que puso todo su cinismo y encanto al servicio del personaje, tal como confirman las imágenes del making of.

Mitchum es el malo malísimo igual que Lillian Gish es el hada buena del cuento, por muy machista y sectaria que nos parezca desde el presuntuoso siglo XXI. El bien y el mal, los dos conceptos enfrentados desde el origen de los tiempos, mantienen una nueva batalla en el porche de una insignificante granja. Y mientras observamos hacia quién se decanta la balanza, intuimos que se trata de una guerra sin principio ni fin, un conflicto eterno en un mundo donde siempre habrá enemigos de los que huir o a los que enfrentarse. Por ello, con todas sus imperfecciones, rarezas y maniqueísmos, ‘La noche del cazador’ seguirá vigente por los siglos de los siglos. Amén.

CALIFICACIÓN5 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘The Night of the Hunter’. Dirección: Charles Laughton. Guion: James Agee, basado en la novela de Davis Grubb. Reparto: Robert Mitchum, Shelley Winters, Lillian Gish, James Gleason, Evelyn Varden, Peter Graves, Don Beddoe, Billy Chapin, Sally Jane Bruce, Gloria Castillo. Duración: 92 minutos. País: Estados Unidos.

Otras críticas

«…una joya atípica que aún hoy mantiene todo su atractivo» (Mikel Zorrilla, ‘Espinof’). (+)

«Este poema visual contenía y contiene una fuerza, un halo, un misterio hipnótico que el paso de los años acrecienta, que sus repetidas visiones aquilatan» (Juan Ramón Gabriel, ‘Encadenados’). (+)

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