‘La huella’ (1972)

‘La huella’ (1972)

Cuando el célebre escritor de novelas de misterio Andrew Wyke (Laurence Olivier) invita a su mansión al nuevo amante de su mujer, un vulgar peluquero de ascendencia italiana llamado Milo Tindle (Michael Caine), ya intuímos que la velada va a estar marcada por una fingida cordialidad que puede estallar en cualquier momento. Pero eso no es obstáculo para disfrutar de ‘La huella’, última película dirigida por Joseph L. Mankiewicz; al contrario, sólo es el prólogo del laberíntico juego ideado por Anthony Shaffer, autor teatral y guionista de ‘Frenesí’ (Alfred Hitchcock, 1972) o ‘Muerte en el Nilo’ (Guy Hamilton, 1982).

‘La huella’ es en primer lugar una parodia de las obras de intriga que tanto gustan al público. La negra ironía de Shaffer impregna un texto que distorsiona los roles del gato y el ratón para reflexionar sobre las claves que han hecho tan popular al género, sobre todo en Inglaterra. A lo largo del filme aparecen referencias a Agatha Christie, John Boynton Priestley, Vera Caspary o Arthur Conan Doyle. De esta forma, Andrew Wyke sería una versión enloquecida de todos ellos, en una clara intención del guionista por exagerar la obsesión de los autores clásicos a la hora de jugar con el lector e impedir que descubra al asesino antes de tiempo.

La parodia se repite en el personaje de Milo Tindle, que es el inocente que se mete en la boca del lobo. El lector sabe que no debería adentrarse en según qué situación, y sin embargo sabe que lo hará, porque de lo contrario no habría trama; ahí reside la genialidad del disfraz de payaso con el que Shaffer ridiculiza a la víctima. Finalmente, el guionista subraya el menosprecio que los autores demuestran hacia los inspectores de policía, que suelen quedarse a la expectativa de que otros personajes, como los detectives privados, les hagan el trabajo sucio. Como dice Andrew Wyke, en las novelas de misterio la policía siempre llega tarde y nunca se entera de nada.

Intriga, suspense y clasismo

Por lo tanto, poco importa que en ‘La huella’ el público suela ir un paso por delante de la trama; porque en cierto modo es que lo quiere el guion, que sean los personajes quienes no terminen de comprender la situación y el espectador pueda recrearse en su sufrimiento, traspasando los límites de la intriga para adoptar unas reglas más propias del suspense. Ahora bien, las decenas de autómatas y juegos de habilidad o inteligencia que decoran la mansión de Wyke nos recuerdan que al final no somos más que marionetas en manos de un autor, el cual no va a renunciar a sus golpes de efecto.

Otra reflexión interesante de ‘La huella’ es la del clasismo de las intrigas policíacas. Aunque tenga ambición por subir de clase social, Milo Tindle no deja de ser un peluquero de origen humilde que es humillado por un ricachón excéntrico, lo que da pie a algunas discusiones sobre la necesidad de los nobles de llenar el vacío existencial con misterios fútiles. Unos pasatiempos que no por casualidad echaron raíces en Inglaterra, país de gente fría y aburrida que esconde sus miserias tras gruesas capas de cinismo, y que no se fía de esos latinos tan campechanos y extrovertidos.

La dirección precisa de Mankiewicz se ajusta como un guante al guion de Shaffer; además, contar con dos gigantes de la interpretación como Laurence Olivier y Michael Caine seguro que lo hizo todo más fácil. Es complicado decir cuál de los dos está mejor, por lo que parece lógico que ambos fueran nominados al Oscar y al Globo de Oro. Y es probable que alguno de ellos hubiese ganado la estatuilla de no ser porque competían con el Marlon Brando de ‘El padrino’. Caine, por cierto, hizo el papel de Olivier en el remake dirigido por Kenneth Branagh en 2007, donde su antagonista fue Jude Law.

CALIFICACIÓN
4 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘Sleuth’. Dirección: Joseph L. Mankiewicz. Guion: Anthony Shaffer, basado en su propia obra de teatro. Reparto: Laurence Olivier y Michael Caine. Duración: 138 minutos. País: Reino Unido.

Otras críticas

«Y así, con tan magnífico epitafio, finalizó Joseph L. Mankiewicz su carrera, consiguiendo sintetizar en un brillante ejercicio de estilo su discurso sobre el engaño y el mundo de las apariencias» (‘Ciclos de Cine’). (+)

«La trampa y la mentira se conjugan en idéntica sintonía y la vida se transforma en una monumental comparsa, que ofrece desde falsas identidades hasta bromas visuales, muy al estilo Mankiewicz» (Daniel Arana, ‘Amanece Metrópolis’). (+)

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