‘Julio César’ (1953)

‘Julio César’ (1953)

«Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado, le celebro; como valiente, le honro; pero por ambicioso, le maté» (Bruto).

Orson Welles intentó convencer por todos los medios al productor John Houseman para que le confiara la adaptación de ‘Julio César’ a la gran pantalla. Él mismo había dirigido una versión de la obra en 1937 que había causado un gran revuelo por sus nada sutiles paralelismos con el fascismo europeo. Además, en su currículum de director de cine ya figuraban dos obras de Shakespeare: ‘Macbeth’ (1948) y ‘Otelo’ (1951). Pero a Houseman le preocupaba el carácter excéntrico de Welles y prefirió poner su dinero en manos de un director con talento, sin duda, pero bastante más conservador: Joseph L. Mankiewicz.

Hasta tal punto llegaba el respeto de Mankiewicz por Shakespeare que ni siquiera quiso salir en los créditos como guionista. De hecho, el director de ‘Eva al desnudo’ apenas tocó una línea de la obra original y se permitió muy pocas licencias en la puesta en escena. Pero eso no quiere decir que su misión en ‘Julio César’ fuera, simplemente, poner la cámara frente a los actores y dejar que éstos hicieran el trabajo. Su idea era que la cámara fuera un personaje más de la obra; un personaje mudo, pero testigo directo de la conspiración que acabará con la vida del político romano.

Así, la cámara siempre tiene un lugar en el corrillo que forman los personajes para comentar las últimas noticias. Los primeros planos nos sitúan cerca de la acción e incluso interpelan al público sobre las ideas que se desprenden de los monólogos. En los contrapicados, la cámara adopta un rol sumiso, igual que los ciudadanos de Roma mientras escuchan los discursos de sus políticos, dando un áurea divina a quienes tienen el honor y el deber de hablar desde los altares. Por lo tanto, hay una clara intención por parte del director: evitar que ‘Julio César’ sea una obra de teatro filmada sin más.

Teatro clásico

Ello no quita que la película pueda resultar trasnochada para quien no guste del teatro clásico. Hay que tener los cinco sentidos puestos en los diálogos para no perderse detalle, y en ocasiones es fácil liarse con tantos personajes implicados, algunos de los cuales tienen menos de un minuto en pantalla o se citan de oídas. El escenario es teatral en el sentido más sobrio de la palabra; nada que ver con los recargados péplums de la época. Y la música de Miklós Rózsa —muy alabada en algunas críticas que he leído— resuena demasiado orquestal en mis oídos.

Amén del texto, lo que aguanta a ‘Julio César’ de principio a fin son sus actores. Todos espléndidos, aunque me gustaría destacar a John Gielgud en el papel de Casio y a James Mason en el de Bruto, que por cierto es el auténtico protagonista de la historia. Ambos saben declamar sin ser ridículos, sosteniendo sus frases mediante el tono y el gesto; se notan las tablas del teatro, sobre todo en el caso de Gielgud, que llevaba doce años fuera del cine. Y un peldaño por debajo, pero muy cerca de ellos, estarían Louis Calhern como Julio César y Marlon Brando como Marco Antonio.

En cuanto a escenas, me quedo con dos. La primera es el asesinato de Julio César, rematado —nunca mejor dicho— con la célebre frase de «¡Tú también, Bruto, hijo mío!»; el modo en que Louis Calhern se derrumba a los pies del que consideraba como uno de sus hombres más fieles, cala hondo; ahí se nos viene la certeza de que no hay nada más terrible que ser traicionado. Pero ojo a los minutos posteriores, en los que primero Bruto y después Marco Antonio se ganan el apoyo del pueblo con un uso sibilino de la demagogia.

Y el pueblo aplaudiendo con las orejas. Qué poco hemos cambiado.

CALIFICACIÓN
3 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘Julius Caesar’. Dirección y guion: Joseph L. Mankiewicz, basado en la obra de teatro de William Shakespeare. Reparto: Marlon Brando, James Mason, John Gielgud, Louis Calhern, Edmond O’Brien, Greer Garson, Deborah Kerr, George Macready, Michael Pate, Richard Hale, Alan Napier. Duración: 120 minutos. País: Estados Unidos.

Otras críticas

«Mankiewicz aparca su lado imaginativo y se aleja de cualquier tipo de distancia del escenario, así todo el peso recae en sus actores» (Pablo Muñoz, ‘Blog de Cine’). (+)

Este artículo tiene 2 comentarios
  1. Hildy Johnson at

    Veo, querido Victor, que te estás empapando de Joseph L. Mankiewicz. De las que has comentado hasta ahora me interesaron muchísimo Odio entre hermanos (porque, entre otras cosas, escondía una transición maravillosa a un flash back) y también Un rayo de luz y el personaje de Sidney Poitier que empezaba a romper estereotipos de la representación en la pantalla cinematográfica de personajes afroamericanos (y por aquí podemos crear otra historia del cine y que todavía se escribe como muestras en la crítica de Moonlight). Carta a tres esposas tiene un uso especial de la voz en off y de nuevo del flash back. Y de Murmullos de la ciudad me enamoré de un personaje: el silencioso, enigmático y extraño señor Shunderson. Operación Cicerón sigue siendo una de las películas de Joseph L. Mankiewicz que no he visto todavía. Y Julio César es una de mis adaptaciones favoritas de Shakespeare al cine… Qué bueno seguiré disfrutando de tus textos sobre Mankiewicz. ¿Detecto quizá un cierto desencanto en este repaso de su filmografía? Ya me comentarás.

    Beso
    Hildy

  2. Víctor Guerrero Author at

    Hildy, ¡qué bien me conoces! Ya son algunos años leyéndonos… Así es, la filmografía de Mankiewicz me está decepcionando un poco. Y eso que todavía no he llegado a una de sus peores películas: ‘La condesa descalza’. Quizá me afecta el hecho de haberle dedicado el anterior ciclo al maestro Billy Wilder…

    Con todo, Mankiewicz tiene, como mínimo, tres obras maestras: ‘El fantasma y la señora Muir’, ‘Eva al desnudo’ y ‘De repente, el último verano’. Y otras cuatro o cinco películas muy notables. Vamos, lo normal entre directores de primera división… Aunque a los Wilder, Ford, Hitchcock y compañía les reservo un lugar más distinguido.

    Te animo a que veas ‘Operación Cicerón’; me sorprendió gratamente, y la historia real en la que se basa es fascinante.

    Besos.

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