‘Jules y Jim’ (1962)

‘Jules y Jim’ (1962)

‘Jules y Jim’ fue el título que François Truffaut escogió para su cuarto largometraje, pero bien podría haberse llamado, simplemente, ‘Catherine’. Porque es el personaje interpretado por Jeanne Moreau el que arrastra consigo a los otros dos hombres (Henri Serre y Oskar Werner), amigos inseparables que beben los vientos por ella. Entre los tres forman un triángulo isósceles en el que Catherine ejerce de punta de lanza, y que sirve a Truffaut para filosofar sobre el amor, el sexo y la amistad.

La narración está contagiada por el ritmo frenético que tanto gustaba a Truffaut. De hecho, el inicio es un torrente de información que puede dejarnos exhaustos a los cinco minutos; el propio director bromea sobre ello en la escena en que la adorable Thérèse (Marie Dubois) confunde a Jules y Jim. Truffaut se refiere a que tanto da si habla de uno u otro, porque en realidad ambos están cortados por el mismo patrón.

La entrada en acción de Catherine no hace más que aumentar la velocidad. La puesta en escena de su personaje es magnífica: Jeanne Moreau vestida de hombre, con un bigote pintado y fumando un puro a lo Groucho (recordemos la fascinación que tenía Truffaut por el humor anárquico de los hermanos Marx). Es la declaración de que Catherine va a escapar del arquetipo femenino de las comedias románticas, y que va a ser impulsiva, compleja y apasionada. Puede que no sea la más guapa ni la más lista, pero es una mujer con todas las letras, como dice Jules más adelante.

Ménage à trois

Por otro lado, Truffaut no esquiva el reto del ménage à trois y plantea una situación de formalidad en la que Jules y Jim aceptan explícitamente las reglas impuestas por Catherine. Ambos son conscientes de que comparten a la misma mujer, y ella, a su vez, se arroga el derecho de ser infiel con los dos (ahí entra en juego un tercer actor: Serge Rezvani). La actitud de Catherine responde a una permanente insatisfacción —no tanto física sino sentimental— que ni siquiera cubre el hecho de ser madre.

De todas formas, es injusto relegar el papel de Jules y Jim a simples marionetas, ya que a través de ellos Truffaut habla de las amistades inquebrantables, de aquellos lazos que ni el amor ni la guerra son capaces de romper, aunque sus países les obliguen a matarse. Jules y Jim son amigos en cualquier circunstancia: alegres, bohemios y tan inocentes como si aún fueran niños. La experiencia de la guerra mancha su relación, pero no hasta el punto de convertirlos en extraños. Si acaso, los hace madurar. Ser adultos.

Siguiendo la (i)lógica de Catherine, la dirección de Truffaut es errática y abrupta, con numerosas elipsis temporales y juegos de cámara (travellings frontales, planos picados y efectos visuales que incluyen la imagen congelada). Es un estilo emparejado con el cine mudo, del que hay bastantes referencias (incluso Jim está maquillado a lo Buster Keaton). Pero, como Catherine, Truffaut se vuelve más oscuro y reposado a medida que avanza el metraje, acercándose a los límites del melodrama.

Las disquisiciones sobre la felicidad pueden resultar un tanto repetitivas o aburridas, y es posible que el espectador desconecte cuando ve que los personajes se enrollan más de la cuenta. Además, los continuos vaivenes de Catherine pueden parecer caprichos de niña malcriada. Sin embargo, el conjunto es tan grácil y a la vez tan rebosante de energía que la sensación final es la de haber visto una película por la que ha merecido la pena invertir un par de horas.

CALIFICACIÓN
3,5 estrellas

Ficha técnica (+)

Título original: ‘Jules et Jim’. Dirección: François Truffaut. Guion: François Truffaut y Jean Gruault, basado en la novela de Henri-Pierre Roché. Reparto: Jeanne Moreau, Oskar Werner, Henri Serre, Vanna Urbino, Serge Rezvani, Anny Nelsen, Sabine Haudepin, Marie Dubois, Michel Subor. Duración: 105 minutos. País: Francia.

Otras críticas

«Los dos escritores experimentan una relación tan intensamente artificial que sienten una increíble envidia sana hacia el otro. Ninguno parece saber con certeza lo que precisa para rellenar sus carencias y, sin embargo y curiosamente, se declaran felices» (Javier Moral, ‘El espectador imaginario’). (+)

«El encanto de la película radica en la sobria cámara de Raoul Coutard y en su alegre dinamismo narrativo, que fue el sello de Truffaut» (Juan Marsé, ‘El Cultural’). (+)

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