‘Calle Mayor’ (1956)

‘Calle Mayor’ (1956)

Me gustaría empezar esta crítica diciendo que los hechos que he visto en ‘Calle Mayor’ forman parte de una España que dejó de existir hace muchos años; tantos, como los que hace que se estrenó la película de Juan Antonio Bardem. Pero creo que me tengo que conformar con que esa actitud retrógrada —la alegría por la desgracia ajena, la marginación del disidente, el desprecio hacia lo intelectual, el sometimiento de la mujer y un largo etcétera— ya no es tan generalizada como entonces. Al menos eso querría creer; porque luego veo las noticias o entro en cualquier red social y vuelvo a tener dudas de si estamos en 2018 o seguimos anclados en las ciudades provincianas de los años cincuenta.

Juan Antonio Bardem dijo en las Conversaciones de Salamanca de mayo de 1955 que el cine español era «políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico». Seis meses después arrancaba el rodaje de ‘Calle Mayor’ con el objetivo ya apuntado en ‘Muerte de un ciclista’ de luchar contra esa definición. Militante del Partido Comunista Español, Bardem consideraba que el cine tenía que cumplir una función social y artística en las antípodas de las películas de corte folclórico protagonizadas por la Lola Flores de turno (y eso que aún faltaban por llegar las de Joselito y Marisol). Por eso ‘Calle Mayor’ es tan despiadada en su contenido y tan brillante en su forma. Una prueba de que el sesgo político de un cineasta no tiene porqué perjudicar su talento.

Huelga decir que, con Franco en el poder, Bardem tuvo que ser muy sutil para colar la crítica política en ‘Calle Mayor’; de hecho, el director fue detenido en Palencia al principio del rodaje acusado de un delito de opinión [sic] y liberado días después gracias, en parte, a las presiones de Betsy Blair, Charles Chaplin y los sindicatos franceses. Así, la película trata principalmente sobre el atraso social de la España de provincias —Logroño, Cuenca, Albacete, Badajoz; situad la acción donde queráis—; una España supersticiosa, ruin y cobarde que no sólo es ignorante sino que se jacta de serlo. Pero a nadie se le escapa que esa lectura social tiene su alegoría política, constituyendo una crítica velada a la represión y la violencia del régimen franquista.

La víctima en este caso es una mujer llamada Isabel (Betsy Blair) que a sus treinta y cinco años todavía no se ha casado ni ha tenido hijos. Es la solterona de la ciudad y ella parece asumir ese papel con bastante naturalidad a pesar de los cuchicheos y las puñaladas por la espalda. Pero en el fondo tiene la esperanza de que al final aparecerá un hombre que se casará con ella; un hombre con el que pasear cogida del brazo por los soportales de la Calle Mayor. Ese hombre termina apareciendo en la figura de Juan (José Suárez), e Isabel rebosa de alegría sin sospechar que está siendo objeto de una broma, que en realidad el tal Juan es un miserable que se ha dejado enredar por las bravuconadas de sus amigotes.

‘Calle Mayor’ (1956)

Imágenes para el recuerdo

Bardem narra la historia con una maestría visual absoluta, dejando varias escenas para el recuerdo. Siempre que puede, evita recurrir a las palabras (y, cuando lo hace, sus monólogos y diálogos estremecen en un sentido o en otro). Un ejemplo es la escena de la parroquia, en la que Isabel se gira poco a poco, temerosa, hasta encontrarse su mirada con la de Juan y tirar al suelo el misal; el montaje de planos que realiza Bardem es magnífico, pues recrea por un lado la ilusión de la mujer que se siente realizada por tener un pretendiente (para eso ha sido programada) y por el otro traslada al espectador el sentimiento de culpa, al hacernos cómplices involuntarios de la broma. A partir de ese instante, cada gesto y cada palabra de Isabel nos dolerán aún más porque comprendemos que es un alma cándida e intuimos el baño de crueldad que le espera.

Otra fantástica escena es la procesión en la que Juan, forzado por sus amigos, declara su amor a Isabel. Dato importante: las trompetas de la cofradía evitan que oigamos las palabras exactas de Juan. Este recurso empleado por Bardem tiene una doble función narrativa: primero, remarcar que a Isabel no le importa que la quiera Juan, sino tener por fin a un hombre que dice que la quiere. Y segundo, de poco sirve que oigamos lo que tiene que decirle Juan, pues ya sabemos que todo es una patraña para divertirse a su costa. Juan es lo que llamaríamos un hipócrita social: es capaz de sincerarse en privado con su mejor amigo (Yves Massard) o con una prostituta (Dora Doll), pero jamás le llevará la contraria a la opresora mayoría.

El clímax de ‘Calle Mayor’ lo forman dos escenas muy potentes que terminan de anudarnos la garganta. En el salón de baile, Isabel descubre el engaño por boca de Federico. La atmósfera vacía del salón donde Juan iba a anunciar su boda con Isabel, engalanado para la ocasión y donde flota música desafinada, muestra a la perfección el tormento interior de la protagonista. Ella acepta la verdad resignada y sufriente, sin aspavientos (lo contrario habría sido fuera de lugar en un personaje tan recatado). Él le pide que la acompañe en el tren a Madrid y deje atrás a esos pueblerinos. En la estación, Bardem eleva la tensión al máximo alternando planos de la inminente salida del tren y la apremiante pregunta del taquillero a Isabel: «¿A dónde? ¿A dónde?». Como es lógico, Isabel renuncia a irse, pues no se ve con fuerzas de hacerse nuevas ilusiones. Con la marcha del tren se escapa su última opción de alcanzar la felicidad; aunque el epílogo introduce un matiz, un pequeño cambio en el rictus de Isabel tras la ventana que no me parece necesariamente derrotista.

No quisiera olvidarme en esta crítica de otro personaje fundamental de ‘Calle Mayor’, aunque su papel sea muy breve: el del editor del Centro Recreativo (René Blancard). Es obvio que Juan Antonio Bardem utiliza a este personaje para arremeter contra cierto sector del intelectualismo de izquierdas que se refugia en los libros para ignorar el horror de la vida. No sé si la crítica iba contra Ortega y Gasset o contra Unamuno, como he leído en otros foros, pero podría aplicarse a cualquier personaje elitista de la época que hiciera lo que el editor de la película: lamentarse de la incultura de la gente y quejarse de lo mal que está todo, pero sin atreverse a tomar cartas en el asunto. Por el contrario, Federico encarna la conciencia del espíritu rebelde; pero Bardem deja claro que individuos nobles como él o como Isabel no pueden hacer nada sino es en el marco de una lucha colectiva. En otras palabras, lo que Bardem dice es que la sociedad no sólo tiene que ser culta, sino solidaria y comprometida.

Podría decirse que ‘Calle Mayor’ es una obra neorrealista porque, como las italianas, transcurre en una época de posguerra y exalta los sentimientos de los protagonistas para hablar de cuestiones más trascendentes, como la represión política y social. Pero el filme de Bardem se sale de esa definición puesto que no tiene la pretensión documental del neorralismo, ni utiliza la improvisación, ni los actores son desconocidos para el público (de hecho, Betsy Blair acababa de rodar ‘Marty’, ganadora de 4 Oscars). ‘Calle Mayor’ es más bien un melodrama con guiños al cine negro, como demuestran esas composiciones piramidales de los colegas de Juan, que recuerdan a las poses de los gánsteres de Hollywood. Y, por encima de todo, es una de las mejores películas de la historia del cine español: vigente tanto por su mensaje como por su extraordinaria calidad artística.

CALIFICACIÓN
5 estrellas

Ficha técnica (+)

Dirección: Juan Antonio Bardem. Guion: Juan Antonio Bardem, basado en la obra de teatro de Carlos Arniches ‘La señorita de Trevélez’. Reparto: Betsy Blair, José Suárez, Yves Massard, Luis Peña, Dora Doll, Alfonso Godá, Manuel Alexandre, José Calvo, Matilde Muñoz Sampedro, René Blancard, María Gámez, Lila Kedrova. Duración: 99 minutos. Países: España y Francia.

Otras críticas

«un certero sentido en el retrato social aunque con cierta tendencia a acentuar lo que resulta obvio» (‘Fotogramas’). (+)

«…una moderna e imperecedera propuesta crítica sobre la realidad de un España demasiado negra, cerrada al mundo por la orden suprema de un padre represor encarnado en la figura de un indolente dictador» (Adolfo Bellido, ‘Encadenados’). (+)

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